A veces pienso en lo ingrato que puede llegar a ser el papel de proveedor no valorado… Y no sólo cuando estamos nosotros en esa posición sino también cuando somos el cliente y por tanto, es otro el que está al otro lado.
Se supone que hacer bien el trabajo que se nos encomienda es nuestra obligación, y es lógico que así sea. Aunque no es menos cierto que a veces se hace en condiciones especiales y con muy poco tiempo, teniendo entonces que pasar por alto ciertos sistemas de control existentes para garantizar la calidad.
Así las cosas, el trabajo puede salir mal y como mínimo habrá un cliente insatisfecho. Si sale bien, bueno, si sale bien, normalmente no pasa nada, quizá no daremos ni las gracias porque al fin y al cabo así era como que tenía que ser. Es muy frecuente que nos olvidemos de felicitar al proveedor por estar inmersos en la locura diaria.
¿A que no sabes a qué me recuerda esto? … No tiene nada que ver pero un pensamiento me ha llevado al otro. Me recuerda a la ingrata labor de una madre, en especial a cuando tras horas dedicadas a la cocina y a poner una buena mesa, la familia se sienta y se pone a comer, sin más, olvidándose de un merecido hurra a la cocinera. Esto además pasa mucho más a menudo cuanto mejor se cocina, porque claro, lo normal es que esté bueno, así que si se escucha algo, serán reproches el día en que lo servido no esté como de costumbre.
Retomando la idea inicial para cerrar, quiero dedicar este post, en mi nombre y el de todos mis compañeros, a nuestros queridos proveedores. Gracias por entendernos, gracias por vuestras horas extra.
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